Mon a petit. 2005.

Skills: exhibition, oil painting, Old work

HANUMAN

Decimos, la pintura es siempre forma, y matizamos, forma cuya fonética visual no siempre articula una referencia al mundo sensible. “Unimos significaciones a formas”, leo, y pienso: el pintor debería entonces quedar aligerado de la tarea de dar con ideas, su lenguaje no crea palabras.

No sabemos mirar un cuadro pero ahora, acaba el párrafo anterior y al volver sobre la pintura de Alejandro Casanova estamos viendo el trazo que el pincel cargado de óleo ha dejado sobre la tela, dividiendo con marcados contrastes barrocos la luz de las sombras. Los fondos son la negación de la ilusión, forma plana y un par de manchas inquietantes comportándose como figuras que bailan un extraño diálogo. Se prefigura un escueto escenario donde instinto y artificio congregan al preclaro simio, realidad fáctica del acto humano de la comunicación.

De nuevo palabras… La otra tarde, la pintura era un oficio imposible, un nudo en el estómago de un joven pintor con mucho talento. Sus deseos y dudas no diferían de los que hallaríamos en un escrito de Antonio Saura,, el conflicto se abismaba en encontrar el equilibrio entre el “monstruo plástico” y el “fantasma iconográfico”. Se veía obligado a “decir” -¿qué otra cosa es al fin y al cabo exponer unos cuadros?-, enfrentado a un diálogo lleno de convenciones, a la pintura contemporánea, adulta y pervertida, incapaz de confiar ya en la contemplación de las cosas. Se decía, Picasso engulló todo el sinsentido de la belleza y agotó la herencia de su posible celebración por los pintores futuros, A. López y M. Barceló son excepciones, lo habitual es pintar en habitaciones cerradas, dejándose penetrar el oído constantemente por música que a la altura del pensamiento ha dejado de serlo.

De pronto recuerdo un libro, El mono gramático de Octavio Paz, cómo desmembraba la fijeza del lenguaje y abría narraciones llenas de sensualidad a partir de unas imágenes de Galta y Cambridge, copio aquí un párrafo: “Ninguna pintura puede contar porque ninguna transcurre. La pintura nos enfrenta a realidades definitivas, incambiables, inmóviles.

En ningún cuadro, sin excluir a los que tienen por tema acontecimientos reales o sobrenaturales y a los que nos dan la impresión o la sensación de movimiento, pasa algo. En los cuadros las cosas están, no pasan. Hablar y escribir, contar y pensar, es transcurrir, ir de un lado a otro: pasar. Un cuadro tiene límites espaciales pero no tiene ni principio ni fin.”1

¿Cómo romper con la búsqueda obstinada del sentido en un cuadro? ¿Cómo “decir” con palabras mudas? ¿Queda alguna opción que no sea el silencio ante la ridícula y merecida aparición de la figura del mono pintor de Goya, o del cruel “simio imitador” con los pinceles del viejo Picasso? ¿Acaso no hay algo de este Hanuman, inversión o reflejo en los cuadros de Alejandro?

No queda sino declarar la propia ceguera y en consecuencia escribir con términos parcos, o mejor invitar a otros a mirar y descubrir al mirar, y en mi caso anotar pistas, prudentes hallazgos que no recorten la visión, destacar correspondencias bien articuladas por el pintor entre presencia y materia, contraste y grito, individuo y Hanuman, vacío, densidad y trama que invitan al tacto, primeros gestos que esquivan la impotencia de la palabra muda, viento, violencia y silencio. Y detenerme aquí, justo detrás de la pausa, porque lo que más impacta es este irreversible suceso de la pintura: el silencio que impone al suceso de la voz.

Rosa Martínez Artero, Valencia, 13 de febrero de 2005

Profesora titular Facultad de San Carlos, Universidad Politécnica de Valencia.


1- PAZ, Octavio: El mono gramático, Barcelona, Seix Barral, 1996, p. 109.